viernes, 27 de noviembre de 2009

Entrenamiento

Estaba alerta. Como un látigo de acero, el viento en el rostro le aceleraba los latidos del corazón. Las manos planas sobre los exteriores de la puerta mantenían su cuerpo en posición. La voz de mando le llegó breve, sin inflexiones. Impulsándose con una pierna y ambas manos, Sophie se lanzó fuera.
Cerró las piernas y apretó los antebrazos sobre el pecho, esperando el tirón de apertura. Al desplegarse el paracaídas, el sonido sordo del avión que se alejaba le transmitió que dependía únicamente de sí misma.
Se le acercaba el terreno. Tocó tierra con una voltereta perfecta. Enrollando el paracaídas, salió disparada hacia los árboles para buscarle el mejor escondite.
La maleza, crecida desde el último informe, había cambiado el paisaje. Le costó un tanto localizar el punto indicado para el encuentro. A pesar de las estrellas, la noche no era clara. Una luna menguante asomaba tímidamente de a ratos.
Sophie esperaba que su contacto fuera puntual. Mientras sujetaba los mechones escapados de su rodete severo, el hombre sigiloso la sorprendió:
-Soy Pierre. Sígame. Rápido. —susurró, con acento gutural.
En su carrera zigzagueante a través del monte, Sophie tenía dos metas claras: no tropezar y no perder de vista a Pierre. El hombre corría ágilmente sorteando los escollos del terreno desparejo.
Sophie nunca aminoró. Por el estruendo, adivinó la catarata antes de llegar. Pierre se detuvo en la orilla, sosteniéndola con sus brazos fuertes cuando ella lo alcanzó jadeando.
— Métase allí abajo, —dijo él, señalando un pesquero de madera rústica. —Verá ropa de paisana. Cámbiese y deme el uniforme.
Al subir a la pequeña embarcación, la envolvió un tufo repulsivo a pescado. La bilis súbita, amarga y quemante le trepó por la garganta exigiendo expulsión. La muchacha apenas logró inclinarse por el borde antes de vomitarla, amarilla, agria, entre arcadas que la rajaban del estómago al pecho.
—Vamos, vamos, —repetía Pierre, de espaldas a Sophie, mientras levaba el ancla.
La chica emergió vistiendo una amplia falda estampada y un grueso saco de punto. Entregó a Pierre el uniforme. Prestamente él lo lanzo por la borda: envuelto y atado con un lastre. Sophie lo observó flotar un instante. Luego el agua lo devoró en un solo bocado. Ella permaneció mirando los círculos concéntricos hasta que la voz ronca de Pierre la espabiló:
—Navegaremos unas dos horas. Al pasar debajo de la catarata el ruido es ensordecedor. Se va a poner movido, pero todo está bajo control. Hay agua en un bidón y galleta marina-
—¿Comida? Noo, —interrumpió Sophie.
— Le aconsejo que no se quede con el estómago vacío, — replicó Pierre, amagando una sonrisa y con un destello en sus ojos claros. Enseguida, serio, agregó:
—No se mueva de la gambuza. Si lo necesita, hay un balde. Y si llega a escuchar un acceso de tos, le estoy avisando peligro. Se tapa con la manta y aguanta la respiración. Aunque muera asfixiada ¿entiende? ¡Y mucho cuidado con los anzuelos! Ahora, baje.
La embarcación se mecía peligrosamente. Arrollada en la gambuza, con el olor pestilente a combustible y pescado, Sophie se sentía morir. Tenía náuseas permanentes y su cabeza estallaba, pero se resistía a probar bocado, por lo que el malestar empeoraba. Pasada la cascada, su cutis blanco había adquirido un tinte amarillo verdoso y sus labios estaban violáceos. Se odiaba a sí misma por esa debilidad, pero se excusaba: ella era mujer de aire, no de mar. Pierre se asomó una vez, pero no emitió palabra. Se limitó a menear la cabeza y subir raudamente a cubierta. Cuando tosió, Sophie ya había escuchado el motor ajeno y se encontraba debajo de la manta raída. Pero le llegaron saludos amables entre pescadores, alguna risotada, y luego retornó el monótono y solitario ronquido del “Sans Souci”.
Al fin se detuvieron. Sophie no se movió hasta que Pierre la llamó para desembarcar. El tomó una bolsa de pescado y ella, unos aparejos. Había aclarado y una brisa fresca hamacaba la falda de la mujer. Al subir la cuesta, ella iba disfrutando de esa caricia en sus piernas, del aire puro, de los pájaros que alborotaban los árboles…
Disimulada entre las cañas silvestres, la cabaña de troncos se presentó de improviso. Pierre abrió la puerta del fondo y la invitó a pasar. Estaba todo ordenado: con las comodidades necesarias, muchos libros y un aparato de comunicación por radio que dominaba el ambiente. En un rincón, una coqueta valija nueva.
—Entonces Pierre, ¿Ud?.. ¿Ud mismo me llevará a?... —la frase quedó descolgada.
— No, yo me quedo aquí. Cuando Ud. esté más descansada, Monsieur Ville la vendrá a buscar. El la conducirá a Paris donde Madame Fleuri la empleará en su cabaret. Pronto ella le presentará al General Fleischer. No tengo duda, Sophie, Ud. ha sido bien elegida.
— Por supuesto, —dijo ella, retomando su aire seguro. Y agregó: —Se me instruyó partir de aquí mañana.
— Tranquila, Sophie, ahora estamos nosotros a cargo. Su misión, lo sabe bien, es muy riesgosa. Por tanto es necesario que Ud. se presente ante el General, en su forma más, emmm, digamos…atractiva. Disculpe, pero hoy su aspecto…
—¿Qué? ¿Qué tiene?
— Bueno, venga, mírese al espejo.

Quizás dos días hubieran sido suficientes. Sophie ya había recuperado su color y el brillo de su larga melena rubia. Sin embargo, Pierre alegaba que aún no estaba preparada. Cada noche la hacía probarse distintas prendas de la valija: vestidos de satén, estolas de piel, medias de seda, zapatos de color. Las uñas rojas debían estar impecables, los labios pintados, el cuerpo, perfumado. A la luz de las velas, Pierre ponía música y ella, sentada en el brazo de un sillón, practicaba durante horas las canciones sensuales. El hombre era aún más exigente que el viejo instructor Mackay. Una noche, como broma, la chica exageró sus mohines y acentos, en una alocada caricatura de su propia actuación. Furioso, Pierre le lanzó una retahíla de críticas por su falta de seriedad. Sin contestar, Sophie, con sonrisa sugerente, se le arrimó exhalando humo por su boquilla de marfil …
Las tardes subsiguientes, húmedas, lluviosas, los encontraron enredados en la transpiración de sus cuerpos, entre sábanas pegajosas impregnadas de pasión. Sin embargo, en las noches continuaba la rutina establecida anteriormente: rigurosa, comprometida.
Una madrugada, al colarse un rayo de sol, Sophie se despertó sobresaltada. Intentó volver a dormirse pero algo la preocupaba. Tenía que ver con un sueño escurridizo, unas palabras, un sentimiento… Se levantó para preparase un café. Pierre la vio parada frente a la ventana con la vista perdida… Pensó que jamás había conocido una figura más perfecta y supo que toda su vida la recordaría así: con el sol en el pelo y la taza humeante en una mano. Le hubiera gustado poder pintarla.
De pronto, Sophie atrapó su sueño. Dos palabras: <abortar misión> . También recordó el alivio que le produjeron y fue como un sismo que hizo temblar sus estructuras. Corrió hacia la cama y se dejó abrigar entre los brazos de Pierre, quien también se sentía en falta.

A la semana, Monsieur Ville se presentó sin aviso. Esperó discretamente afuera, tironeado de su bigotito, mientras Sophie aprontaba la valija y se despedía de Pierre. Los abrazos y los besos tuvieron otra urgencia esta vez. Luego ella subió al auto y el conductor arrancó. Estudiándose en el espejo de su polvera, la mujer comenzó a retocar el rouge de labios. Pierre quedó observando la rubia cabellera que caía sobre los hombros rígidos y acompasaba el traqueteo sobre los adoquines… hasta que el vehículo desapareció en la curva.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Insomnio


Usualmente, a eso de las nueve, a Sara le sobreviene el tedio. Como una niebla espesa, se le cuela hasta los huesos en las noches de invierno. Despachada la cena liviana, a sus ochenta y cinco años, encuentra poco que hacer. Con su audición debilitada, la tele y la radio ya no le atraen mucho. Libros y crucigramas son favoritos de la tarde, pero infelizmente los juegos nocturnos con sus hermanas se han cortado a raíz de las discusiones.
Coloca el bastón a su alcance y, frotándose la pierna enferma, se sienta, con un suspiro, frente al ventanal de su dormitorio. La pared oscura del edificio de enfrente se anima aquí y allá con luces dispersas. Le recuerdan a las luciérnagas sobre el césped. ¡Cómo se divertía correteándolas con sus hermanas para echarlas en tarros de vidrio! A propósito: Cora y Beba están francamente insufribles. La convivencia se torna difícil. Cora, siempre quejosa: que el reuma, que los ruidos, que las corrientes, que las empleadas… En los últimos tiempos la cantilena es la indigestión. ¡Bien merecida! Por esconder los bombones y apurárselos de una vez evitando el convite. Así está: regordeta, descuidada, paseando sus pesados lamentos por las habitaciones.
La menor, Beba, antes tan divertida, liberal y ocurrente. Otra Beba. Bien distinta a esta: seca, avinagrada, prejuiciosa. Santurrona, prendida al rosario. Con los ojos irritados por no quitarse los lentes de contacto de noche. Terca. Ya la rezongó el óptico.
A pesar de todo, Sara no puede negarlo: las extraña. Extraña el Scrabble, aunque tenga que ayudarlas a formar palabras. Extraña la conga , aunque deba explicarle las reglas a Cora cada vez y Beba demore un siglo en el descarte. Aunque a veces tenga que mirarles las cartas, soplarles qué tirar. Aunque Beba se atufe, acusándolas de ladronas cuando pierde. Por lo menos es mejor que este ostracismo autoimpuesto. Con el último bocado, dejan la mesa sepulcral para encerrarse a lidiar con el insomnio como puedan. Noches interminables, con los ojos apretados intentando atrapar el sueño. Negros pensamientos, monstruos de la oscuridad. De lo contrario, sucumbir. Al lado del agua y la servilleta con puntilla, allí nomás, la pildorita blanca. Tan ínfima. Tan inocente. Un mazazo. Para despertar, embotada, con aliento pastoso, al día siguiente.


Con el vaso a medio camino de la boca, Sara se frena. Han encendido una luz potente en el apartamento de enfrente. Ella recuerda la reciente mudanza ruidosa, temprano en la mañana, después de meses de oscuridad y silencio. Vuelve el somnífero a la mesita vestida de satén y toma los pequeños binoculares que custodian los retratos de su fugaz gloria.
Un morocho joven con el pelo atado, musculosa ceñida y pantalón negro, ha entrado en la habitación. No hay muebles. Las paredes son espejos y un aparato de música lo aguarda pasivo en un rincón. El muchacho se le acerca y al instante las lucecitas verdes le sonríen. Ni un acorde escapa por el ventanal hermético. El artista se apoya en una barra y comienza, con pliés, su rutina. La mujer queda fascinada: la armonía del bailarín la hipnotiza. Sara va componiendo la música y lo acompasa.
El joven ahora danza en el medio de la habitación. Sus movimientos son apasionados. Gira. Se lanza a un lado y otro. Sus bíceps brillan. Sara lo persigue con los binoculares. Al borde de la butaca, ella es etérea, con pies expertos que la equilibran para acompañar a su partenaire en los grand jetés, en las piruetas, en todas las acrobacias. Un suave perfume de rosas emana de sus retratos y se esparce por la habitación en penumbra. Sara es Odette, el cisne. Y no le duele nada.


A lo lejos, en el comedor, suenan once campanadas del reloj de pie. La presencia de Cora a su lado, sobresalta a la hermana mayor.
—¿Qué pasa?
— No puedo dormir, Sarita, —le murmura Cora al oído, como cuando eran chicas.
—Bueno, acercáte la butaca, vení.
—Te traje chocolates, ¿querés?
—¿Qué?... No, gracias. En un rato… —replica la hermana.
—¿Es el nuevo vecino, no? Yo miraba también, pero de mi dormitorio no tengo buena perspectiva —comenta Cora arrastrando el asiento.
—Sí —responde Sara—. Es un puro deleite verlo bailar.
Cora, resoplando, se apoltrona en la butaca. Desenvuelve con destreza el crujiente papel dorado y se mete un bombón en la boca.
—Sarita, decime, ¿qué está bailando ahora? No me doy cuenta, no conozco ese baile, ¿tu? —pregunta, ajustándose los lentes.
—A ver…Noo. Calláte…esperá… ¿Cóoomo? Se está quitando la camiseta. Mirá, la está revoleando. La largó al piso —relata Sara, inclinándose hacia delante y ajustando el foco con las manos temblorosas.
— Yo distingo el movimiento, pero… ¿será por mis cataratas? Esos detalles no los veo.
—¡Corita!¿Qué hace? ¡Se quitó el pantalón!
—¿Estás segura? —pregunta Cora, casi chocando la cabeza con el vidrio y frunciendo tanto la nariz que por poco pierde los lentes—. ¿Y ahora?
—Se está acercando más al ventanal. ¿Ves? Y sigue bailando. En slip blanco. De frente, más lento. Es muy sensual este chico. ¿No lo ves?
—No mucho. Ay, ahora mejor, sí. Cerrá las cortinas. Por favor, que no nos vea. Me da vergüenza, Sarita.
—¿Qué? ¿Que te da vergüenza? Dejáte de embromar. ¿A esta altura, vergüenza? ¡Por favor! Tenemos show propio —ríe Sara, divertida, codeando a su hermana.
—¿Te parece? Bueno, puede que tengas razón. Pero a Beba, ni una palabra, ¿eh? — concede la gordita sonriendo con picardía. Y agrega con la boca llena:-Mañana pido hora con el oculista.

En camisón de franela blanco, con la cara cubierta de crema y una cruz de nácar colgando sobre el pecho, Beba revuelve su bolsito de medicamentos. Constatando que se ha quedado sin somníferos, cruza al dormitorio de Sara. Sus hermanas, concentradas frente al ventanal, no se percatan de su presencia. A ella le pica la curiosidad. Se acerca, cuidando de no arrastrar las pantuflas. En ese mismo momento el stripper se deshace de la última prenda. Así, como Dios lo trajo al mundo, hace una profunda reverencia y luego sopla besos a sus dos fans que, a las carcajadas, se ponen de pie para aplaudirlo. Beba, apretando contra sí la cruz, chilla:-¡Ave María Purísima!