domingo, 31 de octubre de 2010

Imágenes:curvas



En la curva del vientre se acurruca el nuevo ser. Una C plácida flota en su burbuja líquida y escucha una canción de cuna. En el alumbramiento se aplana la curva cóncava. Un llanto agudo y otro de lágrimas ahogadas…

En el encuentro primigenio se amoldan sus curvas.

Ya la mínima boca va al encuentro del seno curvo. Un hormigueo deja fluir tibieza. La madre acuna a la pequeña. La escucha succionar. La siente. Le conversa bajito.

Se adoran en la simbiosis de sus curvas suaves.

Ya la niña recorre un sendero circular. Sol alegre. Luna de queso. En las mariposas, manchas de colores. Cantos rodados. Tropieza. Retorna al comienzo del camino. Al amparo de los abrazos.

Se ríen de las curvas traviesas.

Ya su cuerpo dibuja curvas. La joven explora atajos. Carriles. Espirales. Sendas. Autopistas. La atrapa la niebla de la madrugada. La devora. El mar, impotente, furioso, se estrella contra la restinga en un rugido de fiera herida. Silencio.

No más curvas.

sábado, 16 de octubre de 2010

Imágenes :esferas


Son dos esferas, se diría macizas pero no rígidas. Giran independientes; vienen y van con destellos de luz propia. Las imagino cálidas al tacto. Podría acunarlas entre mis manos. De a una. Presionarlas así, así, hasta ahí nomás, con delicadeza, con cierto temor. Se dejarían. Cambiarían de forma dentro de la contención de mis manos. Mis dedos tomarían su luz. Al liberarlas, ellas recuperarían su esfericidad. Y mis dedos, su tono deslucido.

Desaparecen juntas dejando un rastro en el aire, una niebla dulce, un aroma que me recuerda el pasado…¿Quizás un patio con membrillos en flor?

En el crepúsculo silencioso, han retornado. Giran lentamente a mi alrededor como invitándome a tocarlas. Pero solo observaré. Se acercan una a la otra. Con timidez, se rozan apenas y se separan al instante. Como que esa aproximación primera las quemara. Quedan lejos, muy lejos una de otra. Siento la necesidad de que se arrimen nuevamente. Me armo de paciencia. Espero.

Van volviendo… Sus contornos resplandecen y el fondo celestial se tiñe de colores claros. Las esferas parecen girar en sus órbitas, simulando indiferencia. Sin embargo, el magnetismo es potente y al acercarse más quedan pegadas por la periferia. Y ya no zafan. Fascinada, observo este cortejo. Ahora las dos van girando borde con borde, en movimientos acompasados. Sin separarse. Se diría un masaje mutuo. O un baile rítmico y placentero en que los contornos se flexibilizan, adaptándose el uno al otro.

Siento que estoy espiando un secreto. En un estado hipnótico permanezco estática. No hay ansiedad. Sé que sucederá. Las esferas ya no reparan en mi. Ruedan una sobre otra y sus superficies se van cubriendo de gotas de colores que el poniente fragmenta.

Se han fundido en un solo resplandor de oro. Asciende, enorme, fuerte, sobre los pinos, irradiando generosamente su claridad. Al oeste, el punto naranja se desvanece. La espuma de sal suspira al retirarse de la arena húmeda.

sábado, 9 de octubre de 2010

El hombre café


Meche me insistió. Le puse mil excusas; al final, se lo tuve que decir: que tenía cero ganas de salir.¿Qué? ¿Vas temprano a misa mañana? ­me preguntó, irónica.

Llamá a la Flaca, al Sapo, ellos se suman siempre. Además… ¿para qué?

Va Raú-úl —me interrumpió, alargando la u, con su típica mirada de costado y sonrisa pícara. Me ganó.

Así que ahí estaba yo, sentada a la barra, en la media luz del boliche; una copa de vino en la mano y un bol de castañas de cajú al alcance. Meche y el Sapo agitaban en la pista. Ella, cual Barbie aprisionada en un micro vestido dorado, daba cátedra de baile. Bien por ti, Meche, sos la abeja reina, bostecé. La Flaca, sentada en la otra punta de la barra, sacudía su melena roja ensayando su rústico portugués frente a un trío de brasileños. Con las piernas cruzadas, lucía sus stilletos de charol, bamboleando uno en la punta del pie.

Cada tanto otros amigos se abrían paso, apiñando sus cuerpos sudorosos para poder ordenar un trago. Hilvanaban frases huecas hasta quedar roncos al tratar de hacerse oír sobre la música. Mi apatía los desmotivaba. Se alejaban serpenteando, con los vasos en alto, meneándose al ritmo de alguna cumbia. Detrás quedaba la estela de perfumes de sus pieles húmedas. ¿Y si me tomo un taxi y me voy? Mientras inspeccionaba la punta de la uña donde se me había saltado el esmalte, pensé que estas salidas ya me estaban aburriendo demasiado.

Harta de mirar hacia la puerta por la cual Raúl no se dignaba aparecer, advertí que la Flaca me llamaba con señas. Le di la espalda.

Aislado en medio del barullo, me llamó la atención un hombre que tomaba café. Lo hacía lentamente, gozando cada trago. El líquido dentro del vaso se plantaba con carácter frente al aguachento ámbar del whisky. Su humo aguerrido se alzaba ante los cubitos de hielo que se iban derritiendo en otras bebidas. Mientras el cantinero cambiaba las copas a una velocidad inusitada, el café permanecía; su temporalidad, doblegada solo por ese hombre que degustaba su tibieza.

Con la mirada fija en un punto, el hombre me permitía observarlo sin disimulo. Su perfil era atractivo. Sobre el cuello de la camisa blanca remataba su pelo oscuro, en puntas arqueadas. La nariz recta denotaba personalidad. El pómulo saliente marcaba el límite de una sombra de barba. Sensual, maduro, misterioso. Como la bebida que lo acompaña. Sí. Definitivamente. Un hombre café.

¿Qué hacés, che? ¿Qué mirás? ¿Te pido otra copa? ametralló la bocaza del Sapo, tapándome la visión con su voluminoso cuerpo.

No, gracias, tengo —contesté a la última pregunta, incorporándome en el taburete para otear sobre su cabeza. Varias personas se interponían entre el hombre café y yo, lo que me daba unas ganas locas de gritarles que se corrieran; como cuando querés sacar una foto y se mete un desconocido justo adelante. El agolpamiento en la barra era feroz. El pobre Sapo se esforzaba por sacarme temas. Me molestaba su corpachón pegajoso, rechazaba su manera de reafirmar cada frase con un golpe en mi hombro. Para peor, su aliento a alcohol estaba cargado. En mala hora se le ocurrió sacar a luz mi historia con su amigo Raúl. No me dio ni para cantarle las verdades que tenía atragantadas sobre mi ex novio. Suspiré y miré el techo. Volvió a la carga, taladrándome el brazo con su índice:Pero, Cris, no podés negarlo. Raúl te mueve el piso—. Lo miré como para matarlo, así que no insistió más y se llevó su farol de whisky, volando a juntarse con la abeja reina.

Al despejarse el ambiente, busqué de nuevo al hombre café. No estaba. Eso me bajoneó más que el plantón del tarado de Raúl. No era mi noche. Pedí otra copa de vino y me la liquidé casi de un trago.

Cuando estoy aburrida tengo una mala costumbre. Me saco el anillo y lo hago girar como un trompo. Es involuntario y perdí más de uno por esa estupidez. Así, mi anillo rodó sobre la barra, quedando a un milímetro del borde; con torpeza, me estiré para alcanzarlo. Pero no llegué. Cayó. El taburete alto se inclinó y yo me desparramé en el piso. Estrepitosamente.

Unos brazos fuertes, calzados bajo mis axilas, me levantaron en un segundo. Mi cara ardía. Con su mano en mi espalda, el hombre me dirigió a una mesa alejada de la barra, en un rincón más tranquilo. Sobre ella humeaba su vaso de café negro. Fue como llegar al abrigo de un puerto.

De la nada, se apareció un mozo con una copa y una botellita de soda sobre la bandeja. Mi salvador me sirvió el agua. Al frotarme las rodillas, me miré el pulgar.

—No te preocupes. Lo tengo yo —me dijo, colocándome el anillo con cuidado. Sostuvo mi mano apenas unos segundos más, observándola como si quisiera decir algo, pero lo que haya sido quedó sin expresar.

¿Te pido un trago?

No, no gracias. Basta por hoy… ¡qué papelón! contesté, atribulada.

Todo sea por un anillo —dijo. ¿Un café?ofreció, con un cierto brillo en la mirada.

Ah, eso sí.

De frente era todavía más interesante. De unos treinta y pico. Sus facciones eran definidas; los ojos, de expresión triste, castaño oscuros; la cara, con alguna arruga gestual; el mentón, bien marcado. Hablaba con voz grave y pausada, acodado sobre la mesa. Sus manos, libres de sortijas, acompañaban con gestos varoniles. Me gustaría verlo sonreír.

¿Viniste sola? me preguntó, algo extrañado.

No, con amigos. Pero es como si estuviera... Bueno, en realidad esperaba a alguien.

Que no vino.

Exacto. Soy adicta a esos hijos de puta.

Qué lástima —dijo. Y agregó: Porque ni yo lo soy ni tú te los merecés.

El boliche se fue vaciando de a poco. Mis amigos, convencidos de que yo me había ido mucho antes, ni me buscaron. Nosotros seguimos en la nuestra: charlando, poblando silencios con miradas sugestivas.

De pronto, un fuerte olor a lavandina se esparció por el ambiente, quebrando el encanto. Nuestras miradas se soltaron y descubrimos que los mozos habían desaparecido. Hacía rato que nos tenían a pico seco y ni nos habíamos dado cuenta. Un muchacho retacón, metiendo bulla, apilaba las sillas en el fondo del local. El cajero, ya de campera y bufanda, se disculpó con las palmas hacia arriba, la cabeza de lado y las cejas arqueadas.

¿Vamos? —dijo el hombre café. Se acercó al mostrador y pagó la cuenta.

Afuera levantaba la helada.

Al cruzar la calle, me tomó el brazo apurándome para evitar una camioneta que daba vuelta la esquina. Fue una linda sensación.

Señalando un cartel, «Café Gourmet/Abierto», me invitó a entrar.

Dale.

Ahora sí que te voy a convidar con un buen café. O varios. Los que quieras —me dijo, dejándome pasar primero.

¿Qué es eso de gourmet? pregunté.

Ya vas a ver. Y esta experiencia no la vas a olvidar —afirmó, muy seguro.

—¿Ah, sí? ¡Qué suerte!dije, coqueteando.

Al abrir la puerta, nos envolvió un aroma especial: una mezcla de pan recién horneado, malta, tostados, café y un dejo de canela y roble. Elegimos una mesa apartada sobre la que caía un rayo de sol recién nacido. Pidió dos cortados «con cuerpo».

¿Vaso o pocillo? preguntó el mozo.

A él le gustaba en vaso, para ver el color del café a través del vidrio; a mí en pocillo, para no quemarme los dedos. Mirándonos sobre los bordes, tomamos el brebaje caliente en silencio.

El lugar transmitía paz. A nuestro alrededor se fueron ocupando algunas mesas y noté que todos estudiaban las cartas con detención. Calipso, irlandés, cubano, caramelo, carajillo. Una lista de nombres que mi compañero tuvo que explicarme. Su voz seductora lo llevó luego a pasearme por Colombia y Costa Rica; tórridos lugares que él frecuentaba por su trabajo en los cafetales. Mi abulia se había borrado hacía horas.

Ya hablé mucho. ¿Qué más hay de ti? dijo, de golpe, pasándome la posta. ¡Lo mío le va a sonar tan insulso! Le tiré algún dato sobre mis estudios en la facultad de Humanidades y mis dudas existenciales, tratando de zafar por el lado del humor, y me encantó que nos riéramos de las mismas cosas. Me habré tocado mucho el pelo sin darme cuenta, porque me dijo que tenía muy lindo pelo y que ese tic de retirármelo detrás de la oreja era sensual. Pero que me lo dejara tranquilo. Que estaba muy bien así.

¿Así, cómo?

Así, cayendo sobre tu cara —y me lo liberó de la oreja, rozándome la mejilla.

Ajenos los estridentes: «¡Marche un café!» de otros bares, el ritmo allí era lento. Los mozos permitían al cliente tomar su tiempo para elegir, o lo asesoraban con amabilidad. Comprendí que había entrado en un tiempo pausado, sin apremios; una cultura que ensalzaba los sentidos, que generaba un descanso en la rutina, un encuentro íntimo. Reconocí mi pertenencia a ese lugar y supe que volvería una y otra y otra vez. ¿Con él? Sí, con él. Atrás quedaba Raúl, como parte de otra vida lejana de la que me había apartado en tan solo unas horas. Algo dejé traslucir porque su mirada me acarició en una forma que percibí cargada de erotismo.

Mi hombre café se inclinó hacia mí.Te quedó bigote,—me dijo, tomando una servilleta. Sonriendo desde sus ojos, empezó a secar la espuma avellanada que delineaba mi labio superior. Yo me eché hacia adelante y, encerrada en su sonrisa cálida, le facilité la acción acortando la distancia. La chaqueta se me deslizó por la espalda, dejando mis hombros desnudos. Nuestras sonrisas se pusieron serias. En la plaza sonaron las primeras campanadas de la iglesia.

domingo, 3 de octubre de 2010

Proyecto MFB



Cuando mi marido me dejó pasé por todas las etapas. Sin originalidad. Celos, angustia, tristeza, desconcierto, extrañe, baja autoestima… Fui el manual ilustrado de los psicólogos, la tapa del libro de los psiquiatras. Tan es así, que llegó a darme más bronca percibir en los profesionales esa indolencia, ese aire de superioridad camuflado, que mis propios sentimientos de mujer despechada.

-¡Ayer, estuve a un tris de pisar a mi marido con el auto! ¡Le frené a un centímetro! – confesé un día desde el diván, esperando una reacción de espanto.

- ¿Y eso cómo te hizo sentir?- me preguntó el psicólogo con voz monocorde, escrutándome por encima de los lentes.

¡Pero, pedazo de boludo, ¿para eso estudiaste cinco años de facultad?! Huí de allí con un portazo que hizo temblar los vidrios y no volví más.

Con el psiquiatra no me fue mucho mejor. Sin embargo, habrá pensado que yo ya estaba yendo demasiado lejos porque me recetó otro Rivotril por día. Al despedirme, percibí con horror que me miraba de una forma extraña, como diciendo: ¡con razón la dejó el marido! Apenas llegué a casa telefoneé al consultorio y cancelé las próximas citas.

Solita, entonces, alcancé el próximo estadio. Nivel odio. Con mucho alivio logré vomitar toda la bilis que me envenenaba. Alfonso (vean, ya no me provoca nada mencionarlo), quedó aplastado en la juguera, triturado por la sierra de la carnicería. Dio mil vueltas en la centrifugadora, lo chupó la aspiradora, se arremolinó por el desagüe de la pileta… en fin, les ahorro algunos detalles que puedan afectar su sensibilidad. Así logré llegar a la meta deseada. Al Nirvana de las mujeres abandonadas. Al Paraíso de la mujer engañada. Alcancé, al fin, el estadio de la indiferencia hacia mi ex. Estaba curada.

Comencé entonces a preocuparme por mi misma. Lo que, obviamente, significaba que volvía a las pistas. Basta de pantuflas, chocolate y cobertores hasta el asfixie. Vengan los tacos altos, las dietas y las sábanas de seda. Fuera las uñas roídas, las grenchas despeinadas, las patas de gallo. Arriba la manicura, el corte moderno y la, shhh,… cirugía.

Así comenzó mi nuevo proyecto, o trabajo, al que bauticé Man Finding Business, (MFB) que sonaba sofisticado. Algunas amigas solteras me recomendaron programas de Internet para encontrar pareja. Pasé horas robadas al sueño llenando mi perfil con las estúpidas opciones ofrecidas. Prefieres que la primera cita sea en: a) la cima de una montaña b) buceando en un arrecife de coral c) un concierto de rock al aire libre.

El MFB era cansador, pero estaba determinada. Del trabajo corría a casa a consultar la computadora. Luego, horas de cuidadosa selección nocturna. Con el pulso acelerado de tanto café y unas ojeras que me estaban arruinando la cirugía acepté finalmente un encuentro con uno, el que me pareció más potable.

“Carlos el Agroman” pasó a buscarme en taxi (bue, desde ya, potentado no era, porque carecía de coche propio). Yo esperaba abajo vestida con un casual arreglado, o sea ni tan tan ni muy muy. La noche era fresca pero no de las peores del invierno. El tenía puesto un gorro de lana que le escondía media cara. Guantes ídem; para peor, frisados. En un minuto me imaginé violada, robada y tendida en una cuneta. Se me humedecieron las palmas de las manos. Pero mi proyecto demandaba cierta valentía. Puse cara de acá no pasa nada y marchamos para un bar. Allí se sacó el gorro. Por suerte su expresión no era la de un asesino serial. ¡Sin embargo, pasó toda la noche de guantes! Me contó que se dedicaba a arreglar trilladoras y otra maquinaria rural y yo estuve todo el tiempo creída que alguna le habría rebanado los dedos. No pude comer porque tenía cerrado el estómago y tampoco hablé porque no me dejó pasar un aviso. Solo recuerdo que yo pensaba: por favor, sacate los guantes. Primera cita frustrada.

“El Torno Feroz”, ( lo debería haber descartado solo por el nick) era un dentista que se pasó toda la cena hablando de caries, puentes e implantes. Yo escuchaba en piloto automático hasta que en un momento sentí que me subía algo ácido por la garganta. Volé al baño. Final previsible.

Por unos días abandoné la computadora. Un viernes aburrido, volví a abrir el programa. Había varios “pretendientes”. Solo uno me resultó plausible.

La tercera cita venía bien. “Juanma el Sibarita” me llevó a cenar a un restaurante muy chic en Ciudad Vieja, del que era habitué. Le permití ordenar del menú. Para la entrada, sugirió unos tomates perita rellenos de alcaparras, que afirmó eran una especialidad. Los músicos tocaban una melodía romántica y el ambiente era propicio para algún tipo de encare. Solo que cuando pinché el tomate con el tenedor, el muy maldito resbaló y salió disparado a aplastarse y escupir toda su salsa sobre el pantalón beige de mi compañero. Fin de la magia.

Anoche fue el acabóse. “Pablo Picapiedra” me pasó a buscar a la hora convenida. Me llamó la atención que enfilara raudamente hacia Hemingway, un restaurante sobre la colina, con una vista fabulosa de la bahía y las luces de la rambla. Claro, lo que nunca me imaginé es que eligiera, en la noche gélida, una mesa afuera, sobre la terraza ventosa. No quise poner peros y al principio me aguanté el frío estoicamente. Pero pronto me empezó a temblar la quijada y no lograba articular bien las palabras. Los pelos de mis brazos estaban totalmente erizados, aún debajo del tapado. El peinado de peluquería había sido plata tirada a la calle. En cambio, todos los comensales adentro parecían estar a gusto: disfrutando de la buena comida y la calefacción. Tímidamente, sugerí entrar.

-No, estamos bien aquí,- sentenció Pablo Picapiedra.

-Pero se nos va a enfriar la comida, -insistí.

No hubo caso. Luego de unos ñoquis helados, con la nariz roja y sin sentir mis pies le pedí que me llevara a casa.

La luz roja del teléfono tintinea. Hay un mensaje. No me lo puedo creer. Es el número de Alfonso. Insólito. No lo recojo. Imposible parar de tiritar.

Hoy no pude ir a trabajar. Estoy metida en la cama con bolsa de agua caliente y tengo el pecho untado con pomada de eucaliptos. Mientras los Kleenex mojados se van amontonando en la papelera me pregunto si Pablo Picapiedra tendría alguna razón para no querer mostrarse conmigo. O si sería un sádico que me quiso matar de frío nomás. Lo único que sé seguro es que mi proyecto MFB está liquidado. Over. Finito.

Suena el teléfono. Es del celular de Alfonso. No atiendo. Sigue sonando insistentemente. Quito el tubo de la base. Colgó.

viernes, 1 de octubre de 2010

Perfil griego


Hace unos días fui a buscar a los perros para sacarlos a pasear. Desde que me mudé a un apartamento y los tuve que dejar en un pensionado,yo soy la paseadora.
Tengo dos Labradores: padre e hijo. Jagger era el perro de Gabriela, mi hija mayor; ella lo eligió de cachorrito y le puso el nombre. Ahora está medio viejito, con barba blanca y cataratas en los ojos. Indio tiene 4 años.
Había puesto una sábana en la parte de atrás del auto, pero al treparse ellos la arrollaron toda en su alegría. El olor tan fuerte que ellos despiden imposibilitaba el viaje con las ventanillas cerradas. Hacía mucho frío y yo vestía ropa abrigada, con pantalones viejos porque siempre vuelvo decorada con las huellas de mis negritos. "No me saltes, Indio",digo, pero no hay caso.
Al llegar a la playa, los perros bajaron intempestivamente, casi llevándome por delante. Son tan fuertes que apenas un coletazo puede inestabilizarte.
La playa estaba desierta, como de costumbre en esta época del año. Por lo menos brillaba el sol y el viento se podía aguantar. Los perros correteaban a sus anchas, ladrando y persiguiendo a las gaviotas. El chillido de éstas los excitaba aún más. Yo no le sacaba la vista a Jagger, porque últimamente me da miedo que se pierda. Indio me traía todo el tiempo un palo para que se lo tirara , pero yo no le daba demasiado corte porque si lo hago se enloquece y no para de insistir. El igual se divertía subiendo y bajando los médanos y yo pensaba que su brío era envidiable. Jagger, más tranquilo, olisqueaba todo y comía alguna porquería que preferí no averiguar.
Más de una vez se metieron en el mar y nadaron unas brazadas, ( ¿o patadas ?), sacudiéndose profusamente al salir. Yo me alejaba de la orilla. El frío lo toleraba, pero no que me agregaran una mojadura. En una de esas incursiones, noté que Jagger salía enseguida, rengueando. Se sacudió, largando mil gotas al aire y luego comenzó a lamerse la pata delantera, intentando también mordisquearla como para quitarse algo que le molestaba. No podía y comenzó a gemir.
Corrí hacia él y, agachada a su lado, me puse a investigar la causa de su dolor. "Ah, es una espina, quietito que te la voy a sacar," le dije y pegué el tirón. Al levantar mi cabeza, el hocico de Indio, que llegaba como un bólido, me dio con todo en la base de la nariz. Lo que recuerdo del encontronazo es que ví puntitos negros. Que se transformaron en manchas oscuras. Que las piernas no me respondieron .Que pensé: no me puedo desmayar acá…

Cuando volví en mi estaba en la ambulancia de la emergencia médica. El médico me hizo preguntas que yo logré contestar coherentemente, pero con esfuerzo. Me costaba respirar pero me dijeron que no me preocupara, que era por las mechas en la nariz. Me aliviaron un poco con una inyección de algún medicamento potente.

En la comisaría, el encargado de la pescadería "La Virazón" declaraba:
-Yo estaba limpiando corvina cuando escuché los ladridos. De primera no hice caso porque estaba atareado. Pero los perros estaban como locos. Entonces subí al médano y vi que había una mujer tirada cerca de la costa y que dos perros corrían alrededor. Desesperados estaban los bichos. Entonces corrí para la playa. La señora estaba desmayada, o parecía y a lo primero los perros no me dejaban acercar. Me gruñían. Pero les fui conversando y me dejaron. Le hablé a la señora, pero nada. Tenía la campera blanca todita manchada de sangre. La nariz la tenía media torcida y los labios estaban azules, así de hinchados. Yo la agarré por los brazos y la corrí un poco para adentro porque la marea estaba subiendo. Cuando estaba en eso le sonó el celular. Se lo saqué del bolsillo y atendí ¿qué iba a hacer? Era uno de los hijos, me dijo, y le expliqué todo. Y bué, me encargó que no la dejara sola y la dirección para mandar a la emergencia y bué…, así fue nomás. Y, nada, cuando aparecieron los dos muchachos, los perros quedaron tranquilos. Juan, el veterinario, el que tiene el pensionado aquí cerquita, los vino a buscar.-

Todos me dicen que la nariz me quedó muy bien. Más de uno, de esos que hace tiempo no me ven, sospechan que me hice una buena cirugía estética. Me da pereza contarle a todo el mundo que este perfil griego se lo debo a mi querido Indio.


martes, 24 de agosto de 2010

Escondite peligroso


Estaban todos conmovidos por la muerte súbita de abuela Yaya. La velaban arriba, en su cama. Nadie me iba a buscar, así que apenas vi venir a la Vieja disparé. Me sentía demasiado triste. No soportaba la idea de ese encuentro.

La sala estaba vacía, en penumbra. No lo dudé. Me metí debajo de una bergère. Desde mi escondite, podía escuchar los murmullos de las visitas que venían a dar el pésame. Antes de subir, se reunían en el hall. Mis primos mayores, nerviosos, camuflaban alguna risa. Me mortificaba que todos esos zapatos acordonados y botas brillantes estropearan las baldosas en damero de la entrada. Mis baldosas. Las de mi rayuela. Donde jugábamos con Yaya.

De pronto escuché pasos por detrás. Solté la pollera del tapizado que me permitía espiar sin ser vista. Sentí que el asiento se hundía. Los resortes rechinaron en mi oído y mi cabeza quedó a pocos centímetros de las tiras que lo sostenían. Me aplasté contra el piso, que olía a cera.

Solo podía ver los tacos de los zapatos. La delataron antes que emitiera una sola palabra. Era la mismísima tía Hilda. Justamente de quien yo me escondía. La prima mayor de Yaya. “Brujilda”, como la llamaba mi hermano. Renga de nacimiento, usaba un zapato con una plataforma altísima para compensar su pierna corta.

Contuve la respiración. Lo que me faltaba era que me descubriera allí abajo. No quería ni pensar las maldades que me podría decir. Todos los primos le teníamos pavor. Hasta los grandes. Todos en algún momento habíamos recibido algún bastonazo. También, sus pellizcos en las mejillas, ay qué rica/o está… retorciendo cada vez más, hasta dejarnos marcados. Por supuesto, después agregaba: igualita/o al tío Calote ( que era el hombre más espantoso de la familia). Todos habíamos sido blanco de sus burlas: ¿ Nene, a ti, en el colegio, te dicen Pinocho? Por la nariz, digo…. ¿Y a esto llamas un dibujo, nenita?...¡Este es Einstein, eh! ¡Dos por cuatro te pregunté, nene, eh!… Nenita,¿y tu, todavía te haces pichí ?...

Lo que más nos impresionaba a los menores, era la impunidad de la vieja. Nadie le hacía frente. Ni siquiera los de carácter fuerte de la familia, como mi padre, mi abuelo, o Yaya. Todos le perdonaban sus groserías, como que el haber nacido renga y fea le diera derecho a decir barbaridades. Mis primos Coco y Tato tenían una teoría: que ella sabía un secreto familiar que los adultos temían que divulgara. Y que ella los chantajeaba descargándose con nosotros.

Escuché pasos débiles. Pero no eran tacos de mujer. Seguramente sería el vecino de la vieja, ese de voz aflautada, el único que andaba siempre al lado de ella.

¡Ay, Hildita, estaba acá, me tenía nervioso! ¿Qué hace en la oscuridad?

Nada. Las flores me marean. Además, arriba están rezando el rosario. Y al Padre Sánchez no lo soporto. Siempre insistiendo con que vaya a misa ¡Y bien sabe que yo no necesito del de arriba, ya se lo dije también!

Pero, Hildita. ¡Dios me libre!¿Se lo dijo? ¡No!

Mira, m’hijito, no me vengas, eh? Desde cuándo te crees con derecho?

No, Hildita, si Ud. sabe que yo sería incapaz…

¡Sí, claro, a mi no me vas enfrentar, mariquita, eh!

Por favor, no me diga así, Hildita, me pone mal…

¡Bueno, no me cuestiones! Dime; a la que no vi fue a la nena de Francisco.

Yo tampoco. ¿Qué raro, no? Porque los otros nietos están todos, hasta la más pequeñita. Y la niña de Francisco y Juliana era muy apegada a la abuela ¿verdad?

Sí, eso sí que es raro.

¿Por qué?

Porque esa nena no es nieta de mi prima.

¿Cómo?

Pero ¿no entiendes? Esa nena es criada. La encontraron en una tinaja en la cocina de la estancia. Es hija de una sirvienta que se fue con un tropero.

Ay, Hildita,¡qué horrible! y ¿la niña no lo sabe?

Ni se lo van a decir. Pero ya se nota, eh! Ese cabello chuzo no es de la familia. Igual ella ni se va a dar cuenta, es media boba esa nena. Bueno, a ver ayúdame a levantarme, deben de haber terminado el rosario.

………………………………………………………………………………………..

¿Qué dice? No la escucho, Hildita.

Que sigas caminando y no mires para atrás.

¿Porqué?

¿Porque ahora nomás va a salir la nena del escondite debajo del sillón de la sala. Llorando, supongo.

¿Estaba allí?

Claro.

¿Entonces, Ud…?

Sí, fue a propósito. Y puro cuento. Invento de radionovela. Hasta tu te lo creíste. Me hizo gracia tu cara.

Pero, Hildita qué horrible.¿No le va a contar la verdad?

De ninguna manera. Se lo merece por esconderse de mi. ¡Atrevida! Y tu, ojo con hablar. Y basta con Hildita, pesado. ¡Hilda! ¿Oíste?

jueves, 22 de julio de 2010

Cielo empedrado, suelo mojado



Apenas escuché que la caravana pasaba el Buceo me puse un rompevientos de lana, la chaqueta forrada de piel y las botas largas. Con el gorro encasquetado, guantes y lentes oscuros salí hacia la Rambla. Mi entusiasmo por el festejo ayudaba a mantener el frío a raya.

Con paso rápido, me uní a la marea de gente. Palpitando una misma emoción, nos disponíamos a jugar el partido de homenaje.

El primer impacto fue el desborde de color. El terreno, contrastando con el espeso chocolate del mar, se había teñido de celeste y blanco. Camisetas, pelucas, cornetas, carteles, enormes manos de cartón, cintas, pasa calles, papel picado; y aquí y allá el amarillo de un sol que no se animaba, pero ondeaba sonriente en las banderas.

Las cámaras de televisión registraban el acontecimiento. Al tomar primeros planos, los vítores se hacían más fuertes y las canciones, más inflamadas. Las aspas del helicóptero trepidaban sobre nuestras cabezas. Al acercarse, todos mirábamos hacia arriba, gritando, chiflando y saludando.

Algunos saltaban al corear los cánticos; otros se abrían paso entre la multitud, llevando en alto carteles con alusiones ingeniosas. Tres muchachos se treparon a los semáforos,- uno de ellos cargando el termo y el mate-. Había niños en brazos o en hombros de sus padres. En un balcón alto, a un bebé lo habían apoyado peligrosamente en la baranda. Espantada, desvié la vista. Señoras mayores se ayudaban a subirse a los bancos . De puntas de pie en el borde del cordón, yo era un periscopio cálido que absorbía y vibraba intentando grabar estos momentos en mi memoria.

Un hombre pasó a mi lado exudando un agradable perfume a colonia fresca. Los rasgos atractivos de Edu me asaltaron en flashes de nuestra primera cita nocturna desde aquel reencuentro; apenas unos días atrás. Su mentón aún firme, el pelo, canoso pero espeso, los ojos que no habían perdido el azul intenso, casi negro. Busqué su campera de gamuza entre la gente, deseando otra coincidencia. La mente me dictaba aventurarme sin ansiedad, pero ésta me estaba ganando. Sentí un calor adolescente en la cara. Instintivamente me cubrí las mejillas con las manos enguantadas.

-Perdón-, me dijo un niño que, soplando un trozo de pizza caliente, me había atropellado en su apuro. No pudo saber el taconeo de tripas que ese olorcito a muzzarella y tomate me provocó, en la tarde aún vacía de almuerzo.

La sirena del carro de bomberos y los rugidos de las motos anunciaron la cercanía del ómnibus esperado.

-Están a una cuadra-, gritaron los vigías de los semáforos. La frase, como una ola, se desparramó y se hizo eco: -…una cuadra, cuadra…-.

Los policías de línea pitaron, apartando con cortesía a la gente que se agolpaba en el medio. Apareció el ómnibus. Los futbolistas, con la mitad del cuerpo fuera de las ventanillas, filmaban con emoción. Saludaban. Se unían a las voces de los hinchas. Estalló el: “Soy celeste, celeestee soy yo”. Nunca fuimos menos islas. Un único equipo. Alegre. Emocionado. Vivo. El gris del cielo se quebró con unos rayos tímidos que no robaron protagonismo.

Pronta a disparar mi cámara por enésima vez, me sorprendió enfocar a Edu del otro lado de la Avenida. Los celulares pasaban rozándome las narices y entre imágenes y lucecitas, codazos, pisotones y tumulto intenté rastrearlo con la mirada. El ómnibus marchaba a paso de hombre. Me distraje y perdí varias oportunidades de sacar unas instantáneas fabulosas.

El ómnibus pasó. Detrás, una larguísima caravana de vehículos variados. Abarrotados. Sentí pavor de cruzar entre las motos, pero me colé detrás de un hombre que llevaba una pequeña en brazos. Imitando su gesto con el brazo extendido y la palma en alto, logramos que nos abrieran paso. En secreto, por un instante, fui la pareja del hombre, la madre de la niñita.

El ómnibus celeste estaba a una cuadra. Detenido en la Plaza Gomensoro. Muchos, sobre todo los jóvenes, comenzaron a correr hacia allí. Algunas personas quedaron al borde de la avenida, saludando. Otros se dispersaron.

Yo dudé. Fue cuando lo vi. Allí nomás, a pocos metros, Edu vivaba la caravana. Su brazo, sobre el hombro de una mujer joven. Ella agitaba vigorosamente un banderín mientras su brazo libre rodeaba la cintura de Edu.

El no me vio. Me dirigí hacia casa sintiendo un vacío repentino. La florista del quiosco me llamó por mi nombre:- Estas llegaron recién,- dijo, poniéndome por delante unos pimpollos color té.

- Gracias. Hoy no, - contesté, sin mirarla. Subiéndome el cuello de la chaqueta, continué mi camino. Las nubes adoquinadas anunciaban lluvia.

Veranillo de Invierno


Veranillo de invierno.

Es un día precioso, un veranillo de invierno y, - contra todos los pronósticos-, no llueve. Liviana de ropa, salgo a caminar por la Rambla. El aire festivo no se debe solamente al clima propicio. Aún reverberan en mis oídos los cánticos del festejo victorioso. Aunque la gente va trotando, corriendo o caminando,- cada cual a su aire-, pareciera que la avenida y las veredas hubieran quedado impregnadas de aquella celebración. Brota la energía positiva que envuelve las palmeras. Cantan los pájaros con un trino más fuerte.

El ladrido de un enorme Doberman que se cruza en mi camino, me sobresalta; pero él, de camiseta celeste con el número 10, solo quiere socializar con un pequeño perrito peludo que tironea de su dueña. Un hombre, -que distingo apenas-, allá contra el cordón, le chifla al perro y éste, obediente, vuelve a su lado.

Una mujer delgada, cincuentona, de esas con que uno se cruza a la misma hora, camina ágilmente con su Cocker. Va al ritmo de un cascabeleo que proviene de las llaves en su riñonera. Sé que en cualquier momento se detendrá. Subirá su perrito a un banco para darle una vigorosa cepillada. Su pelo teñido de rubio le cubrirá parte del rostro y no podrá disimular el temblequeo de los flanes de sus brazos descubiertos.

Una chica joven viene de frente en su bicicleta. Enchufada a sus auriculares, tararea una canción. Otra ciclista, pelirroja, zumba a mi lado. Se le aparece por delante. Zigzaguea y, haciéndole un finito, por poco chocan en la vereda amplia. Cuando la joven pasa a mi lado la escucho decir por lo bajo:-¡Qué tarada!- . Yo concuerdo.

No faltan los carritos de bebés. Los empujan madres, padres, abuelos. Muy pronto también podré acompañar a mis sobrinos a pasear a Juanse, el primogénito.

El sol fuerte del mediodía y el ejercicio enérgico ha causado estragos en algunas camisetas. Muchas muestran lamparones de sudor en las axilas, en la espaldas, en los pectorales. Se entremezclan los olores a desodorantes, perfumes. Como ráfagas. Yo misma estoy acalorada. Apuro el paso. Llegaré a la próxima bocacalle y emprenderé el retorno.

Algo da vueltas en mi mente. Tiene que ver con lo que he observado. Me intriga. No logro atraparlo. Es como si estuviera recogiendo la línea. El pez muestra su lomo brilloso y se hunde. Forcejeo. Se escapa. Tira. Suelto. Viene y va. Cuando asoma en la superficie, vuelve a escapar. No logro asirlo.

Es un pensamiento que me impide relajarme en mi rutina matinal. Me he metido adentro mío, pero no me muevo cómoda entre lo que no comprendo. Sin embargo, tengo una premonición agradable.

Toco el poste del semáforo y giro abruptamente. Con todo mi envión, me doy de lleno contra un hombre parado de espaldas a mi. Nos disculpamos atropelladamente. En el momento que me alcanza el celular que se desparramó por el piso, exclamamos a la vez:

-¡Edu!

- ¡Ceci!

Un abrazo apretado fusiona nuestros cuerpos. Nos separamos. Emocionados, nos volvemos a abrazar. Con la garganta estrujada, me retrotraigo a otro abrazo, con besos torpes y lagrimosos. Dos figuras menudas. Convencidos que la distancia nos matará de amor.

El Doberman ha vuelto de sus correrías por el pasto y a nuestro lado sus ladridos, reclamando la atención de Edu, interrumpen nuestra animosa puesta al día. Con pocas ganas, nos despedimos quedando en vernos a la noche.

Las banderas flamean como nunca en los balcones. Los vehículos también están embanderados. Nuestra ciudad se ha pintado del color del cielo y el sol me sonríe con complicidad.

miércoles, 2 de junio de 2010

Laberinto lunático ilimitado


Caminaba confusa en una caverna caótica. Largas algas lilas colgaban a mi lado. Palpaba pegajosas paredes, primates peludos. Los monos malos se mofaban de mi miedo, me mordían, me metían maníes entre las mandíbulas ¡Malditos! En el alboroto me arrastraron, me arrojaron afuera de su ámbito.

Dolorida, desconsolada, descubrí un desagüe donde me deslicé despacio, deseando dar con la desembocadura. Era extraño, existía un “EXIT” en el enredo: ¿entelequia? ¿ensueño? ¿Invención? ¿ irrealidad?: no importaba: inmersa en ese insomnio que me inquietaba, intuí una invitación ideal.

Arranqué corriendo… Resbalé, rodé y muy raspada logré llegar al cartel. Recién ahí realicé con furia algo rarísimo: era un rincón sonoro, revoltijo de instrumentos inarmónicos; pero, arrancado el cartel , el lugar carecía de abertura.

Vi unos viajantes y, vacía de vigor, les pedí beber de su vino. Los viejos revolvieron

sus valijas, buscando bizcochos y bollos para convidarme. Los jóvenes me divirtieron con sus bromas y verborragia. Antes de disgregarse, los gurises grandes me dieron agua, que tragué agradecida y luego me hicieron girar hacia unas gradas.

Subí hasta la séptima sin saber salir de ese sitio. Naturalmente: nada, nadie, ninguno; un nudo nocturno.¿Quién quiere estar aquí?,quedándome quieta me quejé, quebrada. ¡Quítenme!

Hoy debo hacer cosas honrosas, me hostigaba. Tales pensamientos taladraban mi mente despistada, en tanto intentaba otro tramo.

Finalmente fui a dar fácilmente con unos fanáticos del fútbol. Desayunaban con uvas, habichuelas y sanduiches.-¿Uds. pueden ubicarme?- ululé con urgencia.

-¿Justo en junio? Jamás-, dijeron jocosos, joviales, alejándose jugando, en jarana con sus jeringas, jugos, jamones y jarras.

Obnubilada, ojerosa, obsesiva, olvidaba lo obvio en esa ocasión. Oré. Oí el oráculo que me orientó a la orilla oxigenada. Yacía allí un yacaré. ¡Auxilio!

A un kilómetro, un kayac con una Winchester, un whiskey y un walkman. Zumbido.

Zumbada, zarpé de la zona, como una zonza, sin zapatos. No zozobré.

viernes, 7 de mayo de 2010

Sábado de Gloria


¿Un 12 o un 11?. No coincido con eso de retacear la nota al principio del año. 12; el trabajo está perfecto. Puse la carpeta sobre la pila, alegrándome por la última corrección de la semana. Cada vez me costaba más cumplir con esa tarea. Se me acumulaba el trabajo. Me había pasado la vacación entera corrigiendo. No quería ni pensar lo que me esperaba para el resto del año. Me desperecé y, moviendo la cabeza a uno y otro lado para aflojar la tensión en la nuca, fui a prepararme un café. La cafetera vacía. El paquete también. ¡Qué fastidio!

Había parado de llover y un arco iris brillante enmarcaba la cúpula de la iglesia. Las plantas de la terraza, mis anemómetros, estaban quietas, con gotas translúcidas aún prendidas de sus hojas. Decidí bajar a la Rambla. En “Moreno” me sentaría a tomar un café con tarta de manzana y canela. Más tarde visitaría a mamá y luego pasaría por el supermercado a completar lo que faltaba para el almuerzo de Pascuas, en que esperaba a mis dos varones. Me pregunté cómo habrían pasado la tormenta en la excursión de pesca. Pero no estaba demasiado preocupada, eran buenos navegantes.

Al bajar las persianas, noté que el señor de enfrente a quien yo apodaba íntimamente “el intelectual”, no se encontraba en su posición de costumbre: sentado a su escritorio, escribiendo, con los lentes puestos, el cigarrillo humeando en el cenicero.

En el lugar del portero de la tarde, había una mujer alta, fornida, desconocida para mi. Cuando iba a preguntarle por Ariel, entró corriendo la chica del quinto piso, sin mirarme, atropellándome en su impulso para alcanzar la puerta abierta del ascensor. Qué mal educada, pensé, y salí rápidamente para no cazarme un mal humor.

La temperatura de la tarde era ideal y se respiraba un aire nuevo, como que la lluvia y el viento hubieran barrido todas las malas ondas. Me sentía en paz, liviana, dispuesta a disfrutar al máximo de mi Sábado de Gloria. Recuerdo que bajaba por Avenida Brasil, tarareando bajito una tonada de Jesucristo Superstar, cuando algo extraño en el ambiente me obligó a callar. Todavía puedo sentir, sin demasiado esfuerzo de memoria, el erizamiento que me recorrió repentinamente de la cabeza a los pies. Miré a mi alrededor, tratando de entender la causa de ese pavor intruso, pero no había nadie, ni nada que lo ameritara. Al contario, todo parecía estar en calma. Bien de Semana Santa: no hay nadie en Montevideo, pensé. Una ciudad fantasma; en la Rambla habrá más movimiento.

El sacudimiento, no obstante, me quitó de un plumazo la sensación placentera que venía disfrutando. Los malos pensamientos, que estaban agazapados, surgieron todos de una vez. ¿Esto será lo que llaman ataque de pánico? me pregunté. ¿Y si me siento mal, a quién le pido ayuda?

Seguramente fue eso lo que me obligó, en ese preciso instante, a buscar una cara amable, de Buena Samaritana. En la acera de enfrente, una gordita, petisa, de tacos altos, leía el cartel de la confitería: Cerrado por Licencia. Seguramente estaría con bronca, por no poder endulzar su vida. No me sirve.

Seguí caminando, haciéndome la distraída, como que no miraba a la gente. Pero sí la miraba. En la esquina, una rubia de jogging ajustado y musculosa corta consultaba la hora como esperando a alguien. No.

En la cuadra siguiente, tres chicas, inmersas en su mundo adolescente, se interrumpían. Reían. Se palmoteaban. El prójimo no existe.

En la esquina con Berro noté que, si bien no me había sucedido ninguna cosa grave, aún tenía esa piel de gallina, como un frío interno que no condecía con nada. Persistía la sensación de intranquilidad, de algo amenazante, extraño, que no me podía explicar.

¿Quizás un Buen Samaritano? Se me ocurrió que probablemente un hombre podría socorrerme mejor si me sintiera a punto de desmayar o algo así. Entonces vi entrar a un edificio a un grupo de señoras, muy arregladas, como para tomar el té. Más allá, dos mamás charlaban con los carritos rosados enfrentados. Una viejita y su acompañante cruzaban en los semáforos, a paso de tortuga. Tres mendigas pedían limosna. Está bien. Dicen que somos siete mujeres por cada hombre en el Uruguay, pero ¿ni uno solo? Estadísticamente no es posible que no haya visto NI UNO en todo el trayecto.

Fue en ese momento que caí. NO HABIA HOMBRES. No podía asimilar ese concepto. Entré al “Moreno” como una sonámbula, pechándome con las primeras mesas ocupadas por mujeres de diversas edades. La moza me trajo un café cargado y una soda. Saqué una aspirina de mi cartera y me la apuré con todo el vaso de agua. El café lo fui tomando de a sorbitos, pestañeando entre sorbo y sorbo, con el deseo de que en alguna vez, al abrir los ojos, apareciera un hombre. Blanco, negro, asiático. Cualquier hombre. Cero exigencia. Pero no.

En la Rambla paseaban chicas tomando mate, otras caminaban enchufadas a sus aparatos de música. Había mujeres ciclistas, mujeres al volante, mujeres gordas, mujeres flacas, mujeres rubias, mujeres morochas, mujeres castañas, mujeres con caras simpáticas, mujeres avinagradas… ¡mujeres, mujeres, mujeres! ¿Dónde están los hombres de estas mujeres?¿ Maridos, hermanos, hijos , novios? ¿Qué ha ocurrido?¿Dónde estarán los míos?

Totalmente desencajada, pagué la cuenta sin contestarle a la moza, que no paraba de preguntarme si me pasaba algo. Detuve un taxi y mecánicamente le di mi dirección a la conductora. –Es cerca-, me dijo. Y agregó como para hacer conversación:- Está lindo el café “Morena”, ¿no?-

-Apúrese, no me siento bien,-repliqué.

Apenas llegué a casa marqué el número de mi sociedad médica. Atendió la voz aguda de la contestadora: -Si conoce la habitación, digítela ahora. Si desea comunicarse con la cantina digite 1; por reserva de horas, 2; ginecología, 3; psiquiatría,4; fisioterapia, 5;imagenología, 6. Si desea comunicarse con una sección que no sea género femenino, (ejemplo: laboratorio), disque 0 y será atendido por nuestras operadoras a la brevedad.

Digité 4.

domingo, 14 de marzo de 2010


El amor (mix de personajes míticos y dios).

Un toque moderno.

Yo sé que soy hermosa. De hecho, soy de las más bellas. Pero no puedo negarlo: Afrodita, mi suegra, (o ex suegra debería decir), lo era más. De ahí sus celos: no podía soportar la competencia. Ni siquiera tomó en cuenta que yo personifico el alma, lo cual no es poca cosa. ¿Qué más quería para el nene? ¿Una princesa? Ay Afrodita, a veces se te pelan los cables. Eros, -un divino-, me decía: - No te preocupes, Psiquita, no le hagas caso, ya se le va a pasar…-

¡Qué se le iba a pasar a esa hija de Zeus! (Mil desgracias me trajo).

Es cierto, al final nos casamos, con una mega fiesta en el Olimpo. El que lo decidió fue el Rey. Tronó y mandó aquel rayo Todopoderoso. Y sí, cuando Zeus dispone, todo el mundo boca abajo, incluso Afrodita. (Aunque siempre quedó atragantada).

Lástima que lo nuestro no duró nada. Yo creo que el divino de Eros era medio pollerudo y no soportó la eterna cizaña de la madre. Un buen día se esfumó. Para siempre.

Pero yo no me iba a quedar tejiendo como Penélope. Así, empecé a buscar algún buen candidato. Primero apunté a los dioses más poderosos. Hasta me fijé en Poseidón, les confieso. ¡Qué estampa en la carroza arrastrada por sus caballos entrenados para el mar! Dos cosas me decidieron en contra: una que no quería volver a entrar en la rosca de la flia. política y otra que es demasiado viejo para mi. A Apolo también lo fiché. Es súper pintún, sabio también. Pero es muy picaflor y las Harpías me dijeron que se duda de su virilidad. ¿Y otro más de arco y flecha? ¡No!

¿Y Perseo? me pregunté. Ese sí me cerraba. Creo que por aquello de salvador que tiene. Que todos sabemos cómo la sacó a Andrómeda de su apuro. Pobre de ella, yo sé lo que es estar atada a una roca a merced de tu destino.(Inmerecido, además). Me re embalé con ese valiente, les cuento.

Mis fantasías con ese ser inteligente y audaz que tan bien había resuelto el tema de la Medusa, me empujaron a forzar un encuentro. Un día fui a la cancha donde Perseo se entrenaba para el lanzamiento del disco en los Juegos Olímpicos. La tarde estaba agradable y todos los dioses y semidioses que no iban a participar paseaban por ahí, charlando en grupos, transformando seres en animales, en fin…entre venganzas y recompensas, como siempre. Se me acercó Jasón, flor de asqueroso, y algún otro pero yo seguí mi camino sin darles ni un oráculo.

Cuando Perseo terminó su rutina, me le acerqué y empezamos una charla amena. Muy pronto disfrutábamos un romance furtivo. Mientras Andrómeda se quedaba en casa cuidando a los chicos, Perseo y yo nos perseguíamos por los bosques y las colinas, nadábamos en el mar riendo a carcajadas y nos amábamos desenfrenadamente.

Una romántica noche de luna llena, mientras paseábamos de la mano, percibí a mi compañero muy serio y callado.

-No puedo hacerle esto a Andrómeda-, me dijo. Sin anestesia.

Callé.

- ¿Sabés todo lo que he hecho por ella? Pasé tantas pruebas, petrifiqué a tantos…La salvé por amor. Quizás debí usar el espejo también contigo. Como con la Medusa. Para no mirarte a los ojos y quedar hipnotizado con tu belleza, fascinado con tu alma. O ponerme el casco de hombre invisible, para admirarte sin que te enamoraras de mi. Te amo más que a nadie, Psique, pero no debo dejar a mi esposa. La ira de los dioses caería sobre nosotros y yo no podría protegerte.-

A esa altura yo también me había estado preguntando si no era una injusticia lo que hacíamos. Con Eros yo había aprendido mucho del amor. Yo también me había jugado por él. (¡Ni recordar cuando tuve que bajar al Hades!) Además, Androméda me caía muy bien, ya lo dije.

Así que nos despedimos con apretados abrazos y ríos de lágrimas, separándonos antes del amanecer. No supe más de Perseo. Embarcada en distintas naves, conocí otros mundos: padecí terremotos y tormentas de mar. (Cuando Poseidón, enojado, golpea con su tridente, aprontáte para el tsunami). También descansé en las calmas subsiguientes…

Una quinta noche de luna , los viajeros quisimos conocer una bahía nueva, acunada en medio del vasto mar. Bajamos a las canoas y nos mecimos en un silencio con melodía de remo.

Al desembarcar, ya sentada en la arena, abrazada a mis rodillas, noté en el cielo una nueva constelación. Supe que era Andrómeda. Sonó la música del laúd, alguien prendió una pipa y todos juntos empezamos a cantar bajito. Como llamado por nuestras voces, Perseo se materializó a mi lado.

-¿Nos vamos a Micenas?- me invitó. Así, de zopetón.

-Obvio,- contesté.

Fue mucho después cuando caí que Perseo también era hijo de Zeus. (Un buen hijo). No me importó. Al fin y al cabo estamos todos emparentados. En Micenas nos construimos un hogar fuerte y nos quedamos a vivir con los tres chicos de Perseo.

El palacio es grande y tenemos planes de aumentar la familia. Perseo quiere que tengamos dioses. A mi, si son dioses o semidioses me da lo mismo. ¡Con tal que no sean mortales! Esos son muy indefensos, pobrecitos. De última, el que lo decide es mi suegro.

martes, 9 de marzo de 2010

fragmento de un mito de creación del ser humano


El Sol se ha despojado de su ropaje anaranjado, cuando Perques alcanza la playa. Al descubrir la luz débil y titilante que agoniza en la orilla, Perques se lanza a la carrera. Es tan veloz que deja una estela de llamas rojas.

Viene subiendo la marea. Si Perques no llega a tiempo, el mar se robará a Anés y él no podrá cumplir su misión. Cuando la alcanza, jadeante, Perques queda inmóvil. El Ser de Luz es fascinante, totalmente distinto a todo lo que él conoce. Maravilloso. Anés percibe una presencia cálida a su lado. Abre los ojos. Extiende sus brazos invitando a Perques a alejarla del agua.

Sobre la arena fresca de la noche, Anés y Perques se reconocen como dos seres de la misma especie. Son Hombre y Mujer, aunque no conocen estas palabras. Ella sabe a espuma de mar. El, a savia joven. Las llamas tibias de Perques devuelven a Anés su luz primitiva y ambos se fusionan alumbrados por la luna Nueva. Con picardía, algunas estrellas abandonan sus sitios, para espiar a los amantes. Oxum les corta el vuelo y las denomina Fugaces. Se levanta un viento arrachado que aviva los fuegos, estremece el mar, sacude las ramas y las hojas…

Mucho más tarde Perques y Anés yacen abrazados bajo las palmas. Los tempranos rayos de sol se filtran dibujando motas en sus pieles blancas. Un perfume a frutos maduros impregna el ambiente. Todo está en paz. En nueve lunas más un llanto quebrará el silencio de la noche. Pero ellos aún no lo saben.

sábado, 27 de febrero de 2010

La Curva de la Muerte


El libro era aburrido y la casa del balneario, aletargada en la interminable siesta veraniega, me inquietaba. Intenté ser la niña dócil de siempre, aguardando el ritmo lento de los adultos para activar la tarde. Imposible. Afuera, algo me llamaba. Supongo que trataba de escapar del ático de postigos cerrados, resolver mis propios tiempos, zambullirme en el entorno libre en el que me manejaba a mis anchas.

Bajé las escaleras en traje de baño, descalza y en puntas de pie. Pasé la puerta cerrada del cuarto de mi abuela sin sobresaltos: se escuchaban sus ronquidos. Dormiría boca arriba con su libro abierto sobre la panza. Me pareció escuchar unos susurros en el cuarto de mis padres. Apuré el paso. La puerta de la cocina era silenciosa. No me delató.

El aire caliente me asaltó por sorpresa y respiré hondo. Con el corazón a mil, saqué mi bici negra del jardín -no fueran a descubrirme por el chirrido de la cadena- y la monté en la ruta. En esa época no había lomos de burro.

Pedaleando vigorosamente me dirigí a la represita donde solía reunirme con amigos. Nadie. En el apuro llegué a la otra punta de Las Flores, al borde del camino de la Curva de la Muerte. Frené. Era terreno desconocido ya que me lo tenían terminantemente prohibido. La bajada, de pedregullo suelto, remataba en una curva de noventa grados. El lugar era sombrío, sin casas.

Un aire fresco se adivinaba bajo las copas de los árboles y el perfume de la madreselva me animaba a continuar. Sin embargo, temía. Allí nomás, el Arroyo Tarariras, dominio de La Bruja. Leyenda conocida. Lo primero que se les contaba a los turistas: la mujer que buscaba a su marido, el pescador desaparecido en una tormenta. Entidad desagradable: de túnica blanca, desdentada, con el pelo gris y chuciento. Las manos, huesudas, con garfios afilados. Salía las noches oscuras a errar por la costa y sus aullidos y lamentos helaban la sangre. Otros decían que se limitaba a mirar a la gente por los huecos de sus ojos y luego desaparecer dentro de los médanos. O que había secuestrado al hijo del cantinero y cuando reapareció solito, parado en la duna más alta, había quedado mudo para siempre. Mi hermano mayor juraba que en fogones nocturnos en la playa, la Bruja se les había aparecido más de una vez provocando el revuelo de los muchachos y los chillidos histéricos de las chicas.

Un enorme perro negro con mirada ladina se acercó a olfatearme. Se le erizó el pelo. A mi también. Me quedé quieta. Me mostró los colmillos, a la vez que me gruñía amenazante dando vueltas a mi alrededor. Ello convocó a tres cuzcos que, enloquecidos, imitaron su comportamiento. Pensé que si a uno se le ocurría morderme, lo mismo harían los otros tres. Sin titubear, monté mi bici y escapé por la bajada. No me siguieron.

Lo supe antes de caerme. Imposible frenar a esa velocidad. Aguanté varios metros jineteando entre los pozos mi transporte desbocado ¡La Curva! Bajé un pie. Derrapé. Volé. Como muñeca de trapo. A los tumbos, con la bici detrás, no paraba más…

Lo primero que pensé cuando me incorporé, molida, entre los juncos húmedos de la banquina fue: "Me hubiera puesto un pantalón". Me quemaban las piernas y los brazos, haciéndome saltar las lágrimas. Tenía profundos cortes sanguinolentos, como que la Bruja me hubiera rastrillado con sus uñas afiladas. Llenos de tierra. Con pedregullo incrustado. Me empezó un temblor incontrolable: estaba helada.

Quise pararme. La puntada del tobillo me atravesó todo el cuerpo, derribándome como un rayo. Me preguntaba si lograría arrastrarme hacia un lugar visible, pero mis pensamientos estaban confusos. Un dolor insoportable alimentaba el manto oscuro que iba nublando mi vista…

El tronar sordo me obligó a abrir los ojos; se acercaba provocando el sacudimiento de los juncos y de la tierra que, a mi lado, se iba tiñendo de rojo. Dos pies monumentales se detuvieron a unos centímetros de mi cuerpo. Miré hacia arriba. Parpadeé. La mole terminaba en una cabeza pequeña, de rostro bondadoso. Me levantó suavemente. Hamacada en la palma de su mano, la brisa cálida de su respiración entibiaba mi ser.

En pocas zancadas alcanzamos su guarida mimetizada entre la maleza. Un duende verde de grandes orejas en punta, corrió a recibirnos. "Las hierbas, rápido!" le ordenó el gigante, encogiendo sus dedos para que yo no me deslizara entre ellos. Luego me depositó en el centro de una flor mullida y el duende comenzó a tratar mis heridas con las pócimas que mezclaba el gigante. Pronto sentí un gran alivio, y unos exquisitos brebajes me indujeron el sueño.

Al salir del quirófano, ya no me dolía el tobillo quebrado. Las preguntas se precipitaron cuando salí de la anestesia. ¿Quién me había llevado al hospital? ¿Quién me había hecho las primeras curaciones, limpiado las heridas, detenido las hemorragias?

“Unas gentes buenas”, contesté. Y comprendí que había entrado en el mundo adulto.